domingo, 16 de septiembre de 2012

Desahogos de un monje amante del arte (1796) – Wilhelm Heinrich Wackenroder


“¿Qué arte sabe representar mejor que la música, con significados más profundos, más ricos de misterio y más eficaces, esa loca libertad por obra de la cual en el alma humana se unen amigablemente alegría y dolor, naturaleza y artificio, inocencia y violencia, broma y terror, y que a menudo se dan la mano?, ¿qué arte sabe expresar mejor esas incógnitas del alma?”

 
Bajo estas palabras subyace toda una estética irracionalista en donde Wackenroder intenta poner de manifiesto la superioridad de la música sobre el resto de las artes, atendiendo a sus posibilidades expresivas. Condena, de este modo,  a la poesía al último peldaño en su escala personal de valores, considerándola incapaz de transmitir  otra cosa que no sea racionalidad.

Está claro que la finalidad última del arte para el filósofo alemán responde únicamente a criterios emocionales o espirituales, pero, ¿hasta qué punto se corresponde esta visión con la realidad? Ciertamente se podría decir que la naturaleza del arte tiende a la expresión, pero ello no implica únicamente que ésta deba ser de tipo emocional. Bajo mi punto de vista existe otra clase de recepción artística, la intelectual, que se define por patrones científicos y comunicativos. Así, mientras la primera se manifiesta en forma de sentimiento, la segunda lo hace a través de la comunicación o de la comprensión racional. De cualquier forma, ambos arquetipos participan en los procedimientos de la valoración artística. Un espectador absorto en la contemplación de la El nacimiento de Venus, por ejemplo, podría maravillarse al comprobar cómo la obra renacentista posee una composición dominada por la proporción áurea. Se trataría en este caso de en juicio irrebatiblemente científico, pero quizás la pintura no sea valorada de esta misma forma a ojos de una persona a la que es indiferente cualquier patrón matemático en favor de la pura sensación que experimenta ante tal contemplación.
Lo mismo sucede con la poesía. Podrían valorarse de manera racional las perfecciones de la estructura métrica presente en un determinado poema, pero ello no implica la anulación de los efectos emocionales que pueda producir la asimilación personal y subjetiva de éste.
En el caso de la música, dada su aparente condición de arte abstracto y etéreo, irreductible a cualquier representación material, podría ser tentador – sobre todo para un espíritu romántico como Wackenroder— considerarla ligada exclusivamente a fuerzas e instintos emocionales. Pero, ¿acaso no puede ser medible su configuración interna? ¿no pueden ser representados matemáticamente los parámetros agógicos, tímbricos, estructurales o de frecuencia?

 
Ante este panorama surgen dos conclusiones fundamentales:

1)      Existen dos tipos de observación artística en función del camino elegido en la búsqueda del placer o de lo agradable: intelectual y emocional.
 
2)       Cada una de estas categorías contemplativas está ligada a un tipo de interés. Mientras la necesidad innata de contemplación a través de lo intelectual o emocional se corresponde con un interés inconsciente, la observación premeditada en función de los diferentes planos de recepción artística (activa o pasiva) obedece a criterios e intereses conscientes.
 
Cada ser humano es, por tanto, libre de considerar una vía u otra en la manera de apreciar el arte pero ello siempre condicionará indudablemente el juicio que se haga de éste.

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