“Mientras estemos pensando en
su figura, ésta carece de vida, es una abstracción, mientras sentimos su vida,
ésta carece de forma, es una mera expresión. Sólo cuando su forma vive en
nuestra sensación, sólo cuando su vida adquiere forma en nuestro entendimiento,
entonces es figura viviente. Y éste será el caso siempre que lo juzguemos como
bello”.
Schiller comprende la dualidad de la percepción artística
(intelectual y emocional) como una sóla unidad, en la que la una coexiste con
la otra. Mediante esta alegoría entre la figura y la vida, podríamos extraer:
“Piensa con el corazón, siente con la cabeza”; nos quiere dar a entender cómo
puede ser inútil concebir ambas cosas por separado. Haciendo un símil de esta
metáfora, podríamos decir que lo intelectual, o mejor dicho, el objeto externo
que percibimos, es la figura ante el espejo, lo emocional es ese reflejo del
espejo, y el propio espejo es el entendimiento, que conecta lo exterior, el
mundo de los sentidos, con nuestra esencia. El espejo además mantiene unida la
realidad exterior con nuestra realidad interior; no se tocan, pero están
inevitablemente una junto a la otra.
En otra de sus cartas, el poeta alemán afirmaba lo
siguiente: “Salimos de oír una bella música con la sensibilidad más alerta,
acabamos de oír una hermosa poesía con la imaginación más agitada, terminamos
de ver una bella estatua o un bello edificio con el intelecto”. El lector encontrará aquí cómo el autor otorga a la
percepción del arte, en sus múltiples formas de representación, el desarrollo
de diversos aspectos de nuestro mundo
interior. Volviendo al símil del espejo, el arte sería la luz que hace que el
objeto reflejado brille con intensidad.
Tener estas ideas presentes podría, quizás, hacernos sentir el arte de manera más
completa y profunda.
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