“Lo bello no tiene absolutamente ninguna finalidad,
porque es pura forma, la cual, aunque puede emparentarse con las finalidades
más diversas según el contenido con el que se llena, no tiene sin embargo otra
que a sí misma”
Bajo esta premisa, el crítico
austríaco se posicionaba en su ensayo bajo el estandarte de la estética
formalista, oponiéndose de manera tajante al idealismo romántico que concebía
la música como medio de representación del sentimiento.

Parece obvia—y de hecho lo es— la
incapacidad de la música (entendiéndola como fenómeno acústico) para albergar
sentimientos en sí misma. No obstante, la
afirmación en la que el crítico austríaco asegura que “lo bello musical reside
en la forma y no en los sentimientos que pueda despertar en el compositor o en
el oyente” podría ser rebatible. En primer lugar habría que plantearse qué es
realmente “lo bello”. Claro está que se trata éste de un aspecto puramente
subjetivo; está más cerca de cuestiones culturales e históricas que de
cualquier tipo de definición universal. Por
tanto, la premisa a través de la que Hanslick mantiene que lo bello musical es
“una forma en movimiento” cae por su propio peso. Sería aceptable, quizás, decir que la música es una forma en
movimiento, pero de ningún modo sería justo considerar esto como “lo bello” en
términos absolutos. Igualmente— y en
línea con los escritos del filósofo— resultaría inútil hablar sobre los
sentimientos que produce la contemplación del arte. No hay que olvidar que el
lenguaje es limitado y resulta un verdadero obstáculo a la hora de ahondar en
las profundidades emocionales del ser
humano.
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